January 30, 2012
Vidas paralelas

Uno se ha convertido en el icono de una actividad que lo arrasa todo, una ciudad que existe de muchas formas y un país que no existe más que para algunos. Lo ha hecho casi sin quererlo, como por accidente, a través del éxito, y también a través de la elegancia. Dibuja una fachada impecable y sus acciones se intuyen casi irreprochables. No evade la angustia, la canaliza. Es el padre de once hijos geniales, que a su vez son personas normales. Predica con el ejemplo.

Su némesis, en cambio, arrebata. Uno se ha vuelto icónico por su porte, por ser perfecto aún siendo imperfecto, el otro lo es porque no reconoce la imperfección. Viene de fuera pero se siente en casa donde quiera que esté. También vive del éxito, aunque no lo hace por accidente. Lo goza, del mismo modo que una institución acostumbrada a canalizar el odio y convertirlo en combustible para el triunfo. Sus hijos, como él, parecen de otro mundo. Ni son los yernos perfectos, ni pasarían jamás desapercibidos.

En una nación convulsa siempre, en donde lo menos importante suele convertirse en lo fundamental, ambos representan dos mundos distintos. Millones de personas viven pendientes de cada una de sus palabras y de cada uno de sus actos. Trascienden su esfera para entrar en el absoluto. Su épica es la del siglo XXI, en donde no importan las carencias siempre que once desconocidos celebren al final de la jornada del domingo.

Como siempre, los extremos se tocan. La arrogancia y la humildad. La impaciencia y la paciencia. A su lado, los demás son simples aprendices, intercambiables e imperfectos. Son ellos los que dictan la agenda, de sus mentes depende la alegría de millones de personas. Uno parece tenerlo claro y lo disfruta, al otro lo agobia, pero lo hace porque no tiene más remedio. Pero no hay que confundirse; a fin de cuentas, en el campo de juego, como en la vida, héroes y enemigos están hechos del mismo material, sólo adquieren su condición moral de acuerdo a quien los juzgue.

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