Periodista deportivo, escritor y viajero. Turista profesional.
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Más vale que empecemos a acostumbrarnos, el dominio de los equipos regios en el futbol mexicano llegó para quedarse, y en los próximos años va a ser cada vez más natural verlos en finales, saliendo campeones e incluso ganando la Concachampions.
A lo largo de su historia, el futbol mexicano ha sido de ciclos. En los cincuenta y sesenta fueron las Chivas. En los setenta, Cruz Azul. La siguiente década fue para el América y los noventa los compartieron Necaxa y Toluca. En los 2000 la cosa estuvo más pareja, aunque los Diablos y Pachuca marcaron el paso. La década actual ha sido la de Tigres, y no parece que la cosa vaya a cambiar.
¿Cómo lo puedo afirmar con tanta seguridad? Si se puede mencionar una característica evidente en el futbol mundial del siglo XXI es que las diferencias económicas entre los equipos poderosos y los demás se han acentuado, y en consecuencia, dichas escuadras han pasado a dominar sus ligas.
Aunque hay quien dice que el dinero no compra títulos, la realidad es otra. No sucede en cada caso pero la tendencia a nivel planetario es que los equipos que invierten más en sus plantillas salen campeones más a menudo. Es clarísima e innegable.
Por mucho tiempo, en México no sucedió así por la particular configuración de la liga. Durante por lo menos dos décadas había una decena de equipos amparados por empresas que competían más o menos en igualdad de circunstancias. Sí, había unos más ricos que otros pero la diferencia no era suficiente como para establecer un dominio claro. Eso, sin embargo, ha cambiado en los últimos años.
Curiosamente, no es tanto que los equipos regios hayan invertido más –que sí lo han hecho- sino que casi todos sus rivales no han podido mantener el paso por problemas económicos propios.
El América sufre en carne propia la crisis económica general de Televisa. A Pumas le pasa lo mismo con ICA. Santos y Toluca dejaron de ser propiedad de una empresa y se convirtieron en equipos de particulares. Pachuca y León rompieron su asociación con Slim. Cruz Azul saca dinero de alguna parte, pero pues es el Cruz Azul, y Chivas ha invertido a partir de sus enormes ingresos en nuestro país y Estados Unidos, pero la limitación de sólo jugar con mexicanos es un hándicap importante.
Sólo hay dos equipos que son propiedad de grandes empresas, que además están dispuestas a invertir en ellos. ¿Cuáles son? Adivinaron: Tigres y Monterrey.
Eso no quiere decir que los equipos regios van a ganar todos los títulos. El sistema de torneos cortos y liguillas garantiza que no sea así, pero la tendencia va a ser clarísima. En el largo plazo, serán los equipos más exitosos con diferencia, como está siendo ya en este momento.
¿Se puede competir contra ellos con buen trabajo administrativo y fuerzas básicas? Sí, en instancias puntuales. Pero si algo nos ha mostrado el siglo XXI es que, en el futbol, dinero mata todo, y mientras los otros equipos no consigan por lo menos acercarse a la inversión de los regios, les tocará ver los toros desde la barrera, nos guste, o no.
Este sábado, Chivas ganó con 2 goles de su delantero de 18 años, José Juan Macías. Unas horas más tarde, Matías Almeyda advirtió a los reporteros “no le hagan 60 mil notas, no lo contaminemos”. En resumen, se refirió a uno de los términos más trillados y agotadores del aficionado mexicano. El “inflar” jugadores.
Cuando en Argentina, en Brasil o incluso en España sale un futbolista con buenas hechuras, se le dedican muchos minutos en los noticieros, portadas en los periódicos, etcétera, etcétera. Es algo normal, y los aficionados así lo toman. Si es de su equipo, se entusiasman, si es del rival, temen que, esta vez sí, se convierta en el crack esperado.
En nuestro país la primera reacción cuando eso sucede, es de rechazo. “Ya lo están inflando, seguro es un bulto”. “Ya lo van a arruinar”. “Se va a volver una diva”. En el México del “mande usted” y “lo que sea su voluntad”, el éxito individual no es visto con emoción sino con recelo, incluso con rechazo. Y así nos va, lloriqueando por el quinto partido cada cuatro años mientras otras selecciones que no viven pendientes de las “divas infladas” ganan los Mundiales.
Les voy a decir algo que quizá les va a sorprender. Si un jugador no alcanza su potencial o incluso si se vuela y se pierde en la fiesta, hay por lo menos unos cinco responsables antes que los medios que les sacaron notas.
El primero es, por supuesto, el futbolista mismo. A final de cuentas estamos hablando de adultos, pero también es normal. La reacción natural de un joven de 18-19 años, con poca educación y mucho dinero es buscar todo aquello que le había sido negado en el pasado. Por ello, se vuelve fundamental protegerlo, y ahí hay dos factores que suelen fallar y que, de nuevo, no tienen nada que ver con la tele y los diarios.
Empecemos por su entorno. Apenas un futbolista tiene algo de éxito, se llena de “amigos” que buscan dinero, notoriedad o un pedacito de fama. Los invitan a salir y los introducen a los encantos de la vida fácil. Es difícil para un muchacho resistirse.
Después, su técnico y el club en general. A ver, Almeyda está intentando proteger a Macías y se queja mucho de los medios; pero tendría que verse en el espejo y preguntarse si hizo todo lo necesario para que “la Chofis” desarrollara el potencial que se le preveía hace año y medio. Quizá sí, pero valdría la pena que se haga él mismo el cuestionamiento, como lo hace a los demás.
Y luego está la familia. Un buen ejemplo es el de Javier Hernández, que siempre tuvo un entorno familiar muy sólido, que le permitió evitar que la fama se le subiera a la cabeza cuando le empezó a llegar a toda velocidad.
Y luego, hay otras razones, a veces un futbolista encuentra su pico de rendimiento a los 18-19 años y no puede progresar. Otras, lesiones en los peores momentos impiden que dé el salto de calidad. Unas más llega al club equivocado en el momento equivocado y pasa en la banca sus años más importantes de formación.
Y sí, los medios a veces exageramos. Pero no se trata de una conspiración judeomasónicacomunista para hacer negocios oscuros. Simplemente, como a casi todos los aficionados, nos gustaría que en México existieran jugadores del más alto nivel, y nos dejamos llevar por la emoción. A veces tenemos razón, otras no, pero decir que los jugadores triunfan o fracasan por culpa de los medios es totalmente absurdo.
Y a final de cuentas ¿qué tiene de malo emocionarse? El futbol debe ser alegría y diversión, no negatividad constante. Si uno de nuestros jugadores tiene espacio en los medios, emocionémonos. Si es uno de los rivales, intentemos disfrutar de su juego, esperando que su equipo pierda los partidos. A final de cuentas, si vemos futbol es para pasarla bien, ¿no?
México fue eliminado del Mundial Sub17 ayer. El equipo jugó bastante mal todo el torneo y, con la excepción de Lainez, nunca estuvo a la altura de lo que sus individualidades indicaban.
En realidad, el resultado no debería tener la menor importancia. En el panorama global quién gana y quién pierde en la categoría Sub 17 no es muy relevante. Lo fundamental es el desarrollo de los jugadores para que se vuelvan buenos profesionales.
Y aquí es donde el asunto se vuelve grave para México. Hay países, como Brasil y Argentina, que son enormes viveros de jóvenes futbolistas, de modo que si fracasa uno, ya hay otros dos para suplirlo. Otros, como España y Alemania, han apostado a un sistema y la preparación metódica de sus talentos en sus clubes. O está Islandia, que ha preparado a sus entrenadores como nadie.
En el México de la obesidad no hay miles de talentos buscando salir de las sombras; en el México del desmadre constante no hay una preparación metódica de los talentos sin importar su club; en el México del “ahí se va” no hay muchos entrenadores para juveniles preparados.
La Federación ha apostado entonces a preparar como nadie a sus representativos menores. Tienen presupuesto, giras, apoyo psicológico, varios entrenamientos por semana, instalaciones de primer nivel, continuidad entre categorías… Puedo decir, sin temor a equivocarme que en ninguna parte del mundo existe el apoyo que se da en México.
Es por ello que ser eliminada sin ganar un solo partido y con errores tácticos tan increíbles representa un fracaso monumental para la Sub 17. Y la obligación de revisar qué se está haciendo mal.
Para empezar, por ejemplo, cuestionarse por qué se le dan esos representativos a técnicos sin experiencia en formación de talento como Mario Arteaga, Sergio Almaguer o Marco Antonio Ruiz. O por qué, si en cada club hay un encargado de fuerzas básicas, en la FMF no hay un director de selecciones menores.
Por supuesto, México podría apostar a un sistema mejor en general. Preparar a sus entrenadores de juveniles como se debe y, en consecuencia, implementar sistemas comunes en sus clubes; pero seamos francos, esa es una utopía, e incluso lo es más mejorar la dieta de nuestros adolescentes o inculcarles cultura deportiva.
La Federación escogió el sistema que le pareció podía dar mejores resultados. Todo bien. Pero si se dispara en el pie como lo ha hecho en los últimos ciclos, de poco habrá servido. Y ojo que lo importante no es perder o ganar sino que las selecciones menores desarrollen a nuestros talentos, y francamente, de eso hemos visto muy poco en estos años recientes.
Debo aceptar que me dio alegría ver a Estados Unidos eliminado del Mundial. En principio porque es nuestro mayor rival, y en el futbol a los rivales no hay que realmente desearles el bien, de otro modo, las rivalidades dejan de ser divertidas. En segundo porque sé que es algo que no se repetirá. Un “cisne negro”. Y esos eventos hay que apreciarlos en su justa medida. Y en tercero porque quizá así por fin termine el discurso en México de que Estados Unidos está “a punto de alcanzarnos” o “ya nos rebasó”.
Dicho esto, tengo muchos amigos que trabajan en el futbol estadounidense, y sé que la eliminación fue un golpe durísimo. Y con ellos en mente se me ocurrió escribir este artículo, donde trataré de analizar lo que sucede al otro lado de la frontera desde la perspectiva del archirrival.
Para empezar, creo que, a pesar de sus evidentes problemas estructurales, Estados Unidos sigue siendo el segundo mejor futbol de Concacaf. Por encima de Costa Rica, que tiene una generación dorada pero mucho menor potencial. Me parece que el fracaso en esta eliminatoria tiene que ver con dichos problemas, pero también con una importante dosis de mala suerte y un recambio generacional que no ha podido ser superado. Como dije líneas atrás, esto es algo que no se repetirá.
Una cuestión cultural
El futbol es el deporte de las clases medias-altas en Estados Unidos. Incluso se ha acuñado el término “soccer moms” para las señoras de los suburbios que llevan a sus hijos a los entrenamientos y los acompañan en sus partidos.
En Argentina, Brasil, Uruguay e incluso México, una carrera en el futbol es la salida de un universo de pobreza. En Europa, donde hay un mayor poder adquisitivo, no es así, pero se compensa con un entorno competitivo y los métodos de trabajo más avanzados. En las comunidades blancas de Estados Unidos eso no sucede. La percepción general es que se trata de un pasatiempo, y no un estilo de vida.
¿La muestra? Dos particularidades que son loables desde el punto de vista social, pero terribles en lo competitivo. La primera, hasta los 11-12 años, niños y niñas suelen jugar juntos en un solo equipo (lo que le ha permitido a las selecciones femeniles estadounidenses ser las mejores del mundo). La segunda, hace dos años la Federación de Estados Unidos prohibió golpear la pelota con la cabeza a los niños menores de 11 años, con la idea de salvaguardar su seguridad pero privándolos de la práctica de una de las herramientas más importantes del deporte.
Las clases bajas en el país (sobre todo de raza negra) suelen jugar futbol americano o basquetbol, deportes que, además atraen a los mejores atletas del país, sobre todo a nivel universitario. Ante la decisión de qué deporte elegir, un niño superdotado pero con pocos recursos siempre elegirá uno de esos dos deportes, porque las universidades tienen becas mucho más completas y las perspectivas profesionales son mucho más importantes.
En cuanto a las minorías, que por herencia cultural son más afines al fútbol, la Federación Estadounidense no ha sido capaz de integrarlas a sus programas o se ha encontrado con obstáculos casi insalvables, como comentaré más adelante cuando hable de los latinos.
Falta de desarrollo
Cuando se lanzó la MLS en 1996, se escucharon voces de todas partes del mundo que afirmaban que en no poco tiempo Estados Unidos se convertiría en una potencia mundial. En general, se trataba de un análisis superficial basado en la fortaleza del país en otros deportes y su “espíritu competitivo”, pero que no tomaba en cuenta el tiempo que toma desarrollar una infraestructura en un país.
La MLS es una liga que empezó con muchas limitaciones, en buena medida intencionales (tope salarial, todos los equipos propiedad de la liga), para evitar que siguiera el destino de su predecesora la NASL, arruinada por la ambición desmedida de sus dueños. El problema esas limitaciones no fueron acompañadas por un plan para que los clubes desarrollaran su propio talento, por lo menos a corto plazo.
En consecuencia, pese a que la liga lleva más de 20 años de existencia, es sólo en esta década que los equipos comenzaron a tener academias juveniles, equipos de scouting completo y filiales en una de sus ligas satélite. Es normal entonces que los resultados de esa infraestructura recién construida aún no lleguen, sobre todo si se toma en cuenta la durísima competencia que tienen sus clubes con la mucho más grande Liga MX al sur de su frontera.
Una competencia complicada
En los últimos años, la Federación Estados Unidos ha intentado incorporar a los mejores prospectos mexicoamericanos, pero se ha encontrado con dificultades que, sin ser insalvables a largo plazo, no le han permitido conseguir sus objetivos.
En primer lugar está la filiación cultural de dichos talentos. A pesar de haber nacido en Estados Unidos, una muy buena parte de los integrantes de las comunidades mexicoamericanas de segunda generación aún se sienten mexicanos, y crecieron apoyando al Tri. En consecuencia, cuando se ven enfrentados a elegir entre la camiseta verde y la blanca, suelen elegir la verde. Con poquísimas excepciones, sólo aquellos abiertamente despreciados por México han decidido optar por la selección del norte de la frontera.
Pero la desventaja no termina ahí. Los clubes de la Liga MX también se han dado cuenta del impresionante potencial de esos jóvenes, y han desplegado un sistema de scouting muy superior al de los clubes de la MLS. Por dar un ejemplo, Chivas tiene más de 100 escuelas en Estados Unidos y decenas de ojeadores destinados específicamente a atraer talentos en ese país. Y lo hacen porque tienen los recursos económicos suficientes, a diferencia de los clubes estadounidenses, que siguen siendo propiedad de la liga y tienen presupuestos muy ajustados.
En consecuencia, si un jugador creció apoyando a México y lleva ya unos años viviendo en ese país, la elección de con qué selección jugar se vuelve realmente simple.
Falta de recambio generacional, falta de competitividad y mala suerte
Si se analiza la plantilla de la selección de Estados Unidos, se puede encontrar un serio desajuste en las edades de sus jugadores. Hay sólo 4 en la franja de entre los 23 y los 28 años que, se supone, es donde un futbolista encuentra el pico de su rendimiento.
Las razones son difíciles de descubrir. Una parte puede ser que esa es la última generación antes de la instauración de las academias en los clubes de la MLS. Otra, que los futbolistas estadounidenses salen hoy menos al extranjero que hace unos años, y una más, simplemente, que un país que no tiene la infraestructura para producir jugadores de forma masiva siempre encontrará altos y bajos en la generación de talentos (como Holanda, por ejemplo).
A esa generación perdida se le suma que sus jugadores más consagrados no mostraron el nivel de competitividad acostumbrado. Es difícil también nombrar una razón pero sin duda la decisión de la MLS de repatriar a sus mejores talentos debe tener un peso. En México hemos visto el descenso del rendimiento de los hermanos Dos Santos desde su llegada a Estados Unidos, y ni siquiera son tan importantes para el equipo, así que uno sólo puede imaginar lo que sería si nuestros principales referentes fueran a jugar a una liga de nivel medio bajo en lugar de Europa.
Hace no mucho, leí una extraña pero acertada metáfora al respecto que hacía el técnico holandés Frank de Boer. “Si juego todos los días contra mi madre, jamás voy a mejorar”. Los seleccionados estadounidenses no juegan contra sus madres pero sí contra futbolistas de menor nivel de los que encontrarían en Europa.
Y después, no debe subestimarse el factor psicológico y la mala suerte. Hay momentos en que, de plano, las cosas no salen, y eso juega un factor muy importante en la autoestima y en la confianza general. A México le pasó en 2013, pero logró, también con mucha suerte, recuperar el camino. Estados Unidos no pudo hacerlo, pero la situación es la misma. Dos equipos rindiendo a un nivel muy inferior al que sus individualidades indicarían.
¿Qué debe cambiar?
Haga cambios o no, Estados Unidos va a volver al próximo Mundial, lo firmo desde ahora. Pero si quiere realmente desarrollarse como nación futbolística debe, sí, hacer modificaciones sustanciales a su estructura, sobre todo en su liga local.
Para mí, el cambio más importante es la liberación de las restricciones en las transferencias y los salarios en la MLS, y abrir completamente la puerta a capitalistas para comprar y mantener a los equipos. Los tiempos en que se corría el riesgo de que la liga implosionara por los altos salarios han pasado ya, y los límites lo único que están haciendo es impedir su desarrollo, en todos niveles.
Y, a partir de ahí, mejorar en la detección y desarrollo de talentos; establecer programas para la inclusión de las minorías y la popularización del deporte en las clases más necesitadas. También mejorar las instalaciones y la preparación de los entrenadores en las academias.
Con esa mejora en la generación y atracción de talentos, la MLS no deberá pensar ya en repatriar a sus mejores jugadores, que podrían continuar su carrera en campeonatos más competitivos, lo que sin duda beneficiaría al equipo nacional. Y, claro, buscar a un entrenador de mejor nivel que los pasados no perjudicaría, aunque sinceramente esa debe ser la última de las prioridades.
O, pensándolo bien, mejor no. No hagan nada. Gasten millones en un técnico con nombre pero sin talento. Hagan una oferta irresistible por Christian Pulisic para llevarlo al Miami FC. Quédense como están. Sólo así podría repetirse la inmensa alegría que vivimos muchos mexicanos el martes pasado con su eliminación. ¿Es mucho pedir?
“Ganamos pero no jugamos a nada. Así vamos a fracasar en el Mundial otra vez”.
“Tenemos grandes futbolistas pero jugamos pésimo, y no es la primera vez”.
“No nos hemos podido recuperar de la goleada. Por eso no alcanzamos nuestro mejor nivel”.
¿Les suenan conocidas estas tres frases? Bastante ¿no? Pues quizá no deberían, porque las primeras dos fueron dichas por un periodista inglés y uno francés, y la tercera nada menos que por Gianluigi Buffon.
Por supuesto suenan muy parecidas a las que se escuchan cada vez que juega México. Y eso nos sirve para entender que no estamos solos en el mundo. Salvo en Alemania, España y Brasil, parece que a nadie le gusta como juega su selección.
Y tiene lógica. El siglo XXI ha cambiado por completo la percepción del futbol en el público. En primer lugar, ha juntado a las mayores estrellas en los mejores equipos y en segundo nos ha acostumbrado a verlas cada fin de semana.
Antes no era así. Los grandes de Europa tenían a uno o dos megacracks y el resto eran buenos jugadores pero no excepcionales. Y solo se podían ver uno o dos partidos de liga y Europa por semana, no todos.
Si a eso le sumamos que los mejores del mundo no solo juegan juntos sino que entrenan juntos diario bajo el mismo sistema, podemos entender aún mejor que nos hemos acostumbrado a ver el mejor fútbol en la historia de la humanidad.
En comparación, las selecciones nacionales hacen lo que pueden. Se juntan cada mes, por cinco días, muchas veces bajo técnicos que tienen ideas distintas a las de los clubes de sus mejores jugadores. Y al lado de esos cracks en general no hay otros cracks sino futbolistas promedio. Es lógico que el nivel no sea el mismo.
La prioridad se vuelve entonces ganar. Más o menos como sea. Hoy leía al excelente periodista español Enrique Ballester, que decía que, para él, la gran España de hace unos años sólo jugó dos partidos buenos (ante Rusia ‘08 e Italia ‘12). Sólo dos. Si uno de los equipos más recordados de la historia apenas pudo alcanzar su tope un par de veces, ¿qué podemos esperar de los demás?
Quizá en el Mundial, con un poco más de tiempo se vean mejores cosas, pero ahora, en Francia, Inglaterra, Italia… y México, deberíamos tener claras las prioridades. Si se juega bien, mejor. De otro modo, los tres puntos valen, y si no, pregúntenle a Argentina, Ghana o Chile.
Ha pasado ya una semana desde el temblor que sacudió el centro del país. Como ha sucedido en el pasado en México, la tragedia sacó lo mejor de los nuestros. La forma en que millones de mexicanos han ayudado de todas las maneras posibles ha sido tan conmovedora como inspiradora.
Hemos conocido héroes de todos tipos, desde perros hasta personas con capacidades diferentes. Futbolistas y empresarios han creado movimientos para recaudar fondos. Incluso algunas instancias del gobierno han sido increíblemente eficientes, y han ayudado a muchísimas más personas de lo que uno hubiera pensado posible.
La prensa se ha llenado de columnas que admiran el valor de esas mujeres y hombres que han dado su tiempo, esfuerzo y corazón por su país y sus compatriotas sin pedir nada cambio. En estos días descubrimos un México de nombres, apellidos e incluso relatos de héroes anónimos, todos para bien. Terminamos de leer y el futuro parece prometedor, el cielo es el límite.
Pero poco a poco, escondidas detrás de esas historias de superación, aparecen otras, que muestran al México de antes del temblor. Corrupción en los permisos de construcción, abandono a los más pobres, víveres requisados con fines políticos, y muchas más que seguirán apareciendo. Ese país de claroscuros al que hacía referencia en mi columna pasada sigue ahí, sólo que está escondido por el momento… ya volverá.
Ya volverá si dejamos que vuelva, pero para evitarlo hay que entender de verdad que no se nos va a presentar una oportunidad como ésta en muchísimos años.
Un momento en el que la sociedad haya entendido que se pueden lograr cosas poniendo manos a la obra, que no basta con quejarse en las redes e ignorar los abusos, que se puede salir adelante sin una mordida o un arreglo en lo oscurito. Que se requiere cambiar de fondo y no sólo dejarnos llevar por el impulso de una tragedia.
Y para eso hay que hacer un esfuerzo. En estos días he tenido el enorme honor de formar parte de la iniciativa #YoXMéxico, en el que hemos recolectado ya 300,000 dólares en donaciones. Nuestros tweets solicitando apoyo han recibido miles de retweets, aquellos en donde rendimos cuentas, apenas decenas. ¿Por qué? No lo sé. Yo me hubiera imaginado que los mexicanos quieren saber a dónde va su dinero, pero parece que no.
Y así como me gustaría que nos pidieran cuentas a nosotros, quiero pensar que es momento de pedirle cuentas a los candidatos que hacen promesas vacías cada vez que hay una elección. Quiero pensar que es momento de pedirle cuentas a los diputados y los senadores que están más preocupados en sus bonos y sus vacaciones que en hacer algo por el país. Quiero pensar que es momento de pedirle cuentas a los partidos políticos que han vivido del engaño por años y años.
Es momento de, disculpen el tono, mandar a la chingada a los cabrones que han secuestrado a nuestro país con nuestra resignada aceptación; es momento de dejar de tener miedo y entender nuestro poder como sociedad; es momento de vivir de pie y no morir de rodillas y, sí, es momento de entender que para conseguir todo esto, tenemos que cambiar nosotros y nuestras malas costumbres. Hoy leo que México no tiene el gobierno que se merece, y no estoy de acuerdo; hemos tenido el gobierno que nos hemos merecido, pero este puede ser el día en que empiece una nueva historia.
En muy poco tiempo la vida va a volver a su curso normal para la gran mayoría de la gente. Las situaciones dramáticas y los grandes gestos van a ser remplazados por los problemas cotidianos. Como en el 85, México va a seguir su camino tras el temblor. Depende de nosotros que la historia sea distinta a lo que sucedió hace 32 años. Depende de nosotros construir el país que queremos. Depende de nosotros seguir, pero nunca jamás olvidar.
Ser mexicano es complejo. Al mismo tiempo nos sentimos orgullosos y nos avergonzamos de quienes forman parte del país. ¡Viva México cabrones!… menos los políticos, los policías, los soldados, los narcos, los futbolistas… Nos enfurecemos cuando Trump o cualquier extranjero insinúa algo malo de nosotros pero hacemos trampa en el maratón. Nos indignamos por los miles de muertos pero seguimos votando a los mismos partidos políticos. Nos quejamos en redes pero nos quedamos sentaditos en nuestra casa cuando se trata de salir a la calle. Claroscuros por todos lados. Este fin de semana, el de la independencia, un hijo de la chingada (para usar el término más mexicano posible), violó y asesinó a Mara Castilla, una pobre chava cuyo único “pecado” fue salir de fiesta en la noche. La descripción perfecta de un país roto. En general se le echa la culpa a la autoridad. En realidad porque es lo más fácil. Pero tenemos a los gobernantes, políticos y policías que nos merecemos. Somos la misma sociedad que grita puto en el estadio y cree que es chistoso, que insulta en redes sociales amparados por la distancia y el anonimato, que se queja de la corrupción pero se sale “un poquito” del camino cuando nadie está viendo. Antes de continuar, haré una pequeña pausa. Si al escuchar esto dices “yo no soy así”, perfecto. No estás obligado u obligada a seguir escuchando. La columna va para aquellos que hemos dado una mordida, nos hemos quedado con los brazos cruzados cuando debimos haber hecho algo o somos de algún modo responsables de la situación del país. El futbol, como todo lo demás, es hijo de estas contradicciones. Hace unos años publiqué aquí una columna que afirmaba que México nunca sería campeón del mundo. Jamás me insultaron tanto como aquella vez. Y fueron los mismos que afirman que las televisoras inflan a la selección, se quejan de los directivos y los futbolistas, y dicen que nuestro balompié está lleno de mediocres. Lo más curioso es que quizá sea la selección mexicana el mejor boceto de nuestra sociedad. A final de cuentas, México como tal, no existe, es simplemente un territorio delimitado arbitrariamente por fronteras inventadas. Nuestra bandera es, en realidad, un pedazo de tela de tres colores con el dibujo de un águila y una serpiente en el medio al que nosotros le damos sentido pero que, por sí mismo, no significa nada. Los 11 tipos en shorts que saltan a una cancha son, por el contrario, unos mexicanos que intentan imponerse tanto a sus rivales como a sus propias limitaciones y contradicciones, en ocasiones con éxito, en otras no. ¿Qué mejor representación que esa? Es importante saberlo porque, cuando nos quejamos de la selección, nos estamos quejando también de nosotros mismos. Y es así con los directivos y con los políticos y con los policías. No se trata, por supuesto de no protestar con las cosas que están mal –y miren que hay mucho- sino de entender que no porque las cosas las hagamos nosotros son justificables, y condenables cuando las hacen otros. A darse cuenta de que el problema no está allá afuera, todos somos parte de él. Este sería el momento en que la columna debería dar un mensaje alentador, en plan de que “todo va a cambiar si tú cambias”, pero a estas alturas del partido ya no me hago ilusiones. Como buen mexicano, he aprendido a ser cínico y pesimista. A darme cuenta de que nunca seré ni tan famoso ni tan influyente para operar un cambio real. A saber que se necesita un milagro para arreglar la sociedad que hemos construido. A resignarme a que, lo más probable es que, cuando me muera las cosas van a ser muy parecidas a como son hoy. Lo único que puedo pedirles es tratar de entendernos, como individuos y como sociedad, y aplicar ese conocimiento y esa introspección a las ramas que nos corresponden y actuar en la medida de lo posible. A mí me toca en el futbol, el periodismo y con mi gente, ustedes sabrán cuales son sus esferas. Y si lo logramos, quizá, sin esperar milagros, muy poco a poco y sin darnos cuenta, México llegará un día diferente.
La selección mexicana cerró la parte más complicada del Hexagonal con el boleto al Mundial y un buen empate en Costa Rica. Aun quedan cosas por mejorar, pero el Tri se vio sin duda más sólido que en el verano y dejó buenas sensaciones para los meses siguientes.
A continuación, van algunas conclusiones de lo que pasó en estos días y lo que viene para el futuro.
México ya encontró lateral derecho: Sin duda, la actuación de Édson Álvarez fue la mejor noticia para la selección mexicana en estos partidos. El americanista neutralizó por completo la velocidad de los ticos por su banda y fue muy preciso en la distribución del balón. Además tiene la estatura que le gusta a Juan Carlos Osorio. Va a ser difícil que salga del once titular.
El Tri sigue sin encontrar contención: Ni Héctor Herrera, que es demasiado ofensivo, ni Diego Reyes, que se pierde con facilidad, son la solución ahí. En mi opinión, ni Molina ni Dueñas tienen el nivel suficiente y, por estatura, Juan Carlos Osorio no va a llevar al Gallito Vázquez. ¿Qué nombre queda? Edson Álvarez, pero para ello, el colombiano va a tener que encontrar a otro lateral derecho. Con suerte, Paul Aguilar recupera el nivel, crucemos los dedos.
Carlos Vela va a necesitar hacer un gran esfuerzo si quiere tener un puesto titular en Rusia: Por talento, es el mejor mexicano, pero la falta de ritmo se le está empezando a notar. En esta fecha FIFA, tanto Hirving como Tecatito lo hicieron mejor, y con su partida a la MLS la situación podría incluso empeorar. Estos meses mostrarán si Vela está realmente motivado por jugar el Mundial.
Hirving Lozano tiene todo para convertirse en un verdadero crack, pero debe bajarle un poco a las revoluciones: Entender que, primero hay que recibir y luego hay que correr. Levantar la cabeza y dar un poquito de pausa. Elegir cuando tirar y cuando pasar. Dicho esto, su actuación en estos partidos da lugar para soñar.
La portería está definida: Guillermo Ochoa ganó la partida. No hay más discusión.
Y quizá lo más relevante. Juan Carlos Osorio va a dirigir el Mundial, nos guste o no: Más allá de los ataques de un sector de la prensa, y las dudas, lógicas, por las derrotas abultadas, los resultados en el Hexagonal han garantizado la continuidad del colombiano. Más vale asumirlo. Ahora, de lo que se trata, es de dejarlo trabajar.
El Tri tiene diez meses antes del Mundial de Rusia, y las asignaturas pendientes son: encontrar un contención, confiar en que Layún recupere la forma en la lateral izquierda, y buscar quiénes serán los jugadores de banca que ocuparán un lugar en la lista de 23. Jürgen no lo hizo muy bien, Gallardo fue de menos a más, César Montes necesita más tiempo y Jair Pereira estuvo decente. Habrá que ver a más jugadores.
Y por último, entender algo: De aquí en adelante, la prioridad es llegar en el máximo nivel al Mundial. Habrá amistosos y un par de juegos eliminatorios, y habrá más experimentos y más rotaciones. Hay que acostumbrarse. Querámoslo o no, Osorio es quien nos llevó a Rusia y quien dirigirá al equipo ahí. No nos queda más que tenerle confianza y esperar que sea capaz de llevar al equipo a hacer historia.
México calificó al Mundial con 3 partidos con jugarse, algo que no sucedía desde hace 12 años. Sin realmente dominar a fondo en ninguno de sus encuentros, México ha marcado un paso casi perfecto en el Hexagonal, con 5 victorias, 2 empates y ninguna derrota. Efectividad absoluta.
Dados los antecedentes de las últimas eliminatorias, se vale festejar ese boleto a Rusia. Y después de hacerlo, hay que cambiar completamente el chip. Como hace mucho que no sucedía, como pasa siempre, el técnico nacional ha dividido por completo al medio, y en la avalancha de pasiones, parece que lo más importante, lo futbolístico, ha quedado en segundo plano. Es hora de retomarlo.
¿Qué hace bien este equipo de Juan Carlos Osorio y qué debe mejorar urgentemente?
El texto de hoy hablará sobre los puntos a solucionar. Empiezo por aquí porque es lo más importante, y lo que nos separa de ser un equipo verdaderamente competitivo en el Mundial.
Porque no nos engañemos, ni siquiera con Guardiola de técnico, México sería candidato para ser campeón del mundo. No existe, en este momento, la materia prima para ganarle a Alemania, Francia, Brasil y España. Lo que se debe buscar es mejorar ese intervalo del noveno al decimosexto lugar en el que hemos estado varados todos estos años.
¡Ah! Y NO VOY A MENCIONAR LAS ROTACIONES. Me tienen harto. Quien cree que este Tri no funciona porque Osorio cambia a los jugadores, o habla con la víscera o no tiene mucha idea de futbol. Ya está, lo dije. Miéntenmela si quieren. Hay problemas MUCHO más importantes qué resolver.
Eliminar la fragilidad defensiva al perder el balón:
En mi opinión, aquí está la clave entre un México eliminado en primera ronda y un aspirante al quinto partido. El sistema de Osorio es arriesgado, la defensa juega muy alto y los mediocampistas requieren pasar a primer toque constantemente. La verdad es que suelen hacerlo bastante bien, pero a veces pierden la pelota. Cuando eso sucede, el equipo queda siempre mal parado y ahí es donde vienen los goles. Pasó ante Chile, pasó ante Alemania, y pasará más y más veces si no se resuelve.
La clave para ello, es tener un contención con excelente control de balón y cualidades defensivas. Un Busquets. El problema es que no existe en México. Juan Carlos Osorio lo intentó en la Confederaciones con Héctor Herrera y el experimento se desfondó ante Alemania. El jugador del Porto, poco acostumbrado a la posición, salía a presionar cada vez que México perdía el balón y dejaba huecos enormes a su espalda, con los que los germanos se hicieron un festín.
Lamentable o afortunadamente, por una cuestión de filosofía, el técnico nacional NO VA A CAMBIAR. La única solución entonces pasa por encontrar a ese futbolista. A ese Rafa Márquez con 10 años menos y sin problemas con el narco. Osorio tiene enormes expectativas puestas en Edson Álvarez, y seguramente nos dará una probadita del americanista en esa posición en San José. Crucemos los dedos.
Encontrar equilibro en las laterales:
Quienes dicen que Osorio no tiene un sistema o no le gustan los laterales, realmente no ha prestado atención porque el asunto es muy sencillo. Cuando juega 4-3-3, su sistema base, el técnico nacional utiliza un carrilero y un lateral defensivo. El primero debe ser rápido y tener ida y vuelta; el segundo debe tener buena estatura y poder convertirse en central cuando el jugador por el otro lado se suma al ataque. No es muy difícil, en serio.
El problema es, de nuevo, de nombres. Salvo Paul Aguilar, que apenas vuelve de una lesión y no ha retomado su nivel, no existen en México laterales más altos de 1.80. Por eso, y sólo por eso, Osorio adapta centrales ahí. Y no lo dejará de hacer hasta que encuentre a un lateral con esas características. El del otro lado va a ser Miguel Layún que, nos guste o no, y aunque pasa por un momento complicado en Europa, es mucho mejor que cualquiera de la Liga MX. Sí, cualquiera, hora de quitarse la camiseta un ratito y recordar la Copa Oro. Nuestra liga pasa por una seria crisis en la posición.
Generar más oportunidades de gol
Dice Pep Guardiola que el trabajo del técnico es llevar a su equipo a tres cuartos de cancha, y que después depende de los jugadores. Suena bien pero no es cierto. No puede ser que un equipo con el talento de Chicharito, Vela, Corona y Lozano, y que suele tener más de 60% de posesión le genere sólo 4 opciones claras de gol a un equipo como Panamá en el Azteca. Se podrán poner los pretextos que sean, pero eso no puede ser.
Y es una tendencia generalizada en el equipo. Salvo el partido ante Nueva Zelanda, México no llega con la claridad que sus nombres indicarían. El parámetro general a nivel mundial es de 1 gol cada 4 o 5 oportunidades claras, y contra equipos de calidad mundial, generar ese número por partido no será suficiente.
El trabajo ofensivo será fundamental de aquí a Rusia 2018. México tiene que encontrar más recursos para ser peligroso, y poner a sus delanteros en posiciones de ventaja, aun contra selecciones que se planten bien atrás.
Mañana analizaré lo que la selección hace bien, y que debe ser la base para construir rumbo a Rusia, además de mis pronósticos sobre qué tan posible será hacer las correcciones necesarias. Por lo pronto, ¿qué otros aspectos les parece que debe mejorar el Tri? Prometo leer y debatir todo lo que no incluya la palabra rotaciones.
El Barça POR FIN amarró el fichaje de Dembelé. Es verdad, tuvo que pagar una verdadera fortuna, 105 millones de euros, que pueden convertirse en 150, pero se está llevando a un verdadero crack. Al único que podía remplazar a Neymar por los años por venir.
El problema es que el fichaje no tapa lo que ha sido una pésima gestión de la directiva blaugrana, ni tampoco una razón para el optimismo a largo plazo para el equipo.
Cuando el Barcelona ganó la Champions en 2015, e incluso un poco antes, la directiva se enfrentaba a un dilema serio. Con excepción de Neymar, la mayor parte de sus estrellas estaban en el rango de los 26 a los 30 años, y hacía falta reemplazarlas.
El problema es que aún eran demasiado buenos y ningún jugador de la siguiente generación con verdadero potencial quería ir a mendigarle minutos a Messi, Suárez, Busquets o Piqué. Había que hacer algo distinto para asegurar la continuidad de la dinastía. Quizá buscar jugadores aún más jóvenes, quizá realmente apostar por los talentos de la Masía…
Y ahí llego el verdadero error de esta directiva. Ante la necesidad de hacer algo, de estructurar un plan para el futuro y seguirlo a carta cabal, decidieron no hacer nada. ¿Para que, si al fin y al cabo a Messi y compañía les quedaban algunos años y el relevo generacional ya estaba asegurado con Neymar?
Mientras el Madrid encontraba a escuderos para sus estrellas en jugadores jóvenes con enorme potencial pero que no necesariamente estaban en el radar de todos, como Casemiro, Isco, Kovacic y Asensio, o repescaba a canteranos como Carvajal o Nacho, el Barcelona cometía despropósito tras despropósito.
Sin una estrategia real en el mercado de fichajes, contrató jugadores mediocres con poco potencial de mejora, como Mathieu, refuerzos de cristal, como Vermaelen, jóvenes de nivel mediano, como André Gomes, Digne o Alcácer o futbolistas con hábitos cuestionables fuera del campo, como Arda Turán.
Fue un problema de scouteo, por supuesto, pero también de filosofía. Nunca estuvo claro qué querían Bartomeu y su junta para el futuro ni cuál sería la estrategia para conseguirlo.
A eso hay que sumarle la pésima renegociación del contrato de publicidad con Qatar Airways, que dejó al equipo sin una buena cantidad de dinero para competir con el Real Madrid, el castigo de FIFA por usar menores de edad de forma irregular, los problemas para renovar el contrato de Messi y la cereza en el pastel, la salida de Neymar.
De acuerdo con reportes sólidos llegados desde Barcelona, la plantilla ya sabía que la estrella brasileña se quería ir del equipo. La directiva, en lugar de planear su salida de manera en que ya tuviera los refuerzos necesarios en caso de que realmente se produjera, volvió a apelar a la inmovilidad. Primero, nunca creyó que fuera a suceder, y luego, cuando ya era demasiado tarde, intentó convencerlo de lo imposible.
La consecuencia de este juego ridículo fue que el equipo recibió una fortuna por la recisión del brasileño, pero todo el mundo futbolístico lo sabía. Por ello Dembelé, un jugador por el que el Barça rechazó pagar 90 millones hace un par de meses, terminará saliendo en 150, y por ello es que el Liverpool está pidiendo la mitad del Camp Nou por Coutinho, un buen jugador pero que, por estilo, ni siquiera encaja en el perfil de lo que necesita el Barcelona, un heredero de Iniesta.
Como pueden ver, la directiva actual ha sido un desastre, y eso que ni siquiera he mencionado todo, pero no vale la pena ya. Lo importante ahora es centrarse en el futuro, ¿cómo hacer para que el equipo recupere el protagonismo, lo antes posible pero de forma duradera?
En mi opinión, lo importante es entender que es posible sacrificar el plazo inmediato por el mediano. Ya consiguieron a Dembelé, su futuro crack. Es momento de hacer lo que en un momento parecía impensable: imitar al Madrid.
En primer lugar teniendo calma. Si el Barcelona va por Coutinho se habrá acabado el dinero de Neymar en una sentada, cuando el verdadero problema blaugrana es la falta de profundidad en su plantel. Es momento de buscar relevos para los consagrados, pero no en el plazo inmediato sino en un par de años.
Se trata de buscar 4 o 5 futbolistas que no cuesten 100 millones de euros, sino 20 o 30, y apostar a que, de ellos, 1 o 2 sean cracks, y los otros, sólidos jugadores de rotación. Sin pensar demasiado, se me ocurren los alemanes Timo Werner, Leon Goretzka y Mahmoud Dahoud, el danés Kasper Dollberg, e incluso Davinson Sánchez, que finalmente fichó por el Tottenham.
En realidad, los scouts del Barcelona deberían tener muchos más nombres y conocimientos que yo, para lo que les pagan. El asunto es entender que, aunque haya que dejar de lado esta temporada y la próxima, lo importante es construir una dinastía para el futuro, no pelearle al Real Madrid hasta la fecha 32 de la liga.
Y bueno, aún en esta crisis, no todo está perdido. Con Messi todo es posible, y la nueva MSD puede ser espectacular. Por la falta de profundidad del plantel, ganar la liga parece imposible, pero en un torneo a eliminación directa como la Champions, las posibilidades de acrecientan. Y ahí se borrarían todas las críticas, claro, siempre y cuando se entienda que la clave para el éxito a largo plazo está en la planeación, y no cerrar los ojos y tirarle la pelota a Messi para que con su magia oculte las limitaciones de sus compañeros.